Senda

30 mayo, 2009

Traición


Apenas la noche abre sus fauces
y la tristeza me abraza como un niño muerto.



Recuerdo tu serenidad tendida en la sobremesa
tus ojos como dos frutos a la espera
un roce suspendido en los almendros
un beso sin destino bordado en la servilleta.
Oí tu voz como un naufragio
mientras la lluvia afuera destilaba su agonía
y los árboles crepitaban su amargura.
En ese instante éramos como una barca perdida en el paraje
como dos sombras que se miran en la muerte.
Cuánta tempestad después de una traición no concedida
cuántas palabras como dardos en invierno.
Dijiste un nombre que no era el mío
abriste tu corazón sin saber que su murmullo
deponían mis alas al vacío ante la derrota.
Un silencio se interpuso en nuestras soledades
y me vestí de luto ante tus pupilas.
Sólo faltó la tierra que me sostuviera.

27 septiembre, 2008

La mujer del andén

La mujer del andén,
erguida como templo
mira a un hombre,
luz de ámbar,
lluvia y sed de su aliento.
Vive el amor en el laberinto de su cruz
mientras un manto oscuro los envuelve,
de cuerpo a cuerpo, de paso a paso.
Ellos son los amantes sin nadie
que sufren agónicas noches solitarias
y así cuentan los vacíos que entregan
en abrazos furtivos del recuerdo.
Trenzan imágenes y distancias
en el relicario de la amarga soledad.
Relojes saturados,
destiempos sin luz,
tempestades borradas en el largo amanecer.
Juegos simulados para confrontar
la realidad que los separa
donde siempre hay una habitación prohibida
en la que pueden desembarcar sus cuerpos.


Lady López, 2008.

11 julio, 2008

Amor, hoy te evoco

Amor, hoy te evoco como una pálida sombra,
como luto de mi orfandad.
Eres quien maldigo y quemo en mis labios:
¿cómo sobrevivir a la noche más triste del recuerdo?
Llegaste cuando el viento descalzó mi nombre,
cuando la amapola desangró sus hojas
y quedaste ahí,
entre tantos signos.
Tocaste la primavera
y las aves cincelaron mi piel,
entre pezón y pezón, beso a verso.
Cuando te pienso lejano
el mar de mis ojos rompe su cauce
dibujando una lágrima en mis mejillas
y te recuerdo con el sabor amargo del polvo que se yergue en cada gota.
Habitas en el resquicio de mi soledad
y veo un rostro que se agota en las tinieblas
y siento tus pasos fríos y cansados de andar sus pasos.
Tu ausencia es el fruto que sangra mis manos,
un grito que sacude mi corazón a cuentagotas,
voz que une la tempestad a la la mía.

08 abril, 2008

Territorio

Soy territorio de mí, rito de sombra en la tierra,
trigo limpio y agua en la noche.
Cosecho la guerra en las tinieblas
como sangre amorosa del viento que torna a la savia.
Mortaja mi cuerpo en la piedra,
ambiguo temor de plumajes desolados.
Silencio el amor cuando duermo
y muero en el azul de mi memoria
y entonces el canto me defiende del abismo.
Renuncio a los antiguos privilegios
y el viento negro me dice que vengo de la Nada.
Soy la que fui, animal celeste,
Orión de tres estrellas,
día de gloria y resurrección maldita.
Por fin, aquí estoy,
en la noche más fría del recuerdo.

15 febrero, 2008


Tiemblo de ti


Tomarte es como volver a la patria después del exilio
o como descorrer el manto de la luna para alumbrar a las tinieblas.
Me gustas palmo a palmo
y mis manos son golondrinas
que anidan en el cántaro de tu piel
y así me poso en tus recuerdos,
junto al polvo acumulado en cada trazo.
Desciendo a tus ojos como pájaro en fuga
y en ti soy bosque, aire, Venus y lluvia de tu deseo.
Soy como el fuego que cede al conjuro
para escapar de los signos y entrar a tus recuerdos.
Deshilo tus pupilas como si fueran margaritas
y me desnudo ante ti y soy todos los peces
en el profundo mar de tu sexo.
Cuerpo a cuerpo, en agonía,
nombramos el paisaje y estás tú
como nube bajo mis faldas,
entregado al amor,
besando el silencio de mis labios.
Cato vino para embriagarme
hasta perderme en la tibieza de tus brazos
y volver asida a la tierra.
Rezo una plegaria junto al río
porque quiero incendiar todos los puertos de tu carne,
territorio húmedo minado de cerezas.
Tiemblo de ti,
proclamo tu nombre cuando desabotonas mi túnica
y cuando la abres escapan dos palomas callan tus palabras.
Hueles a soledad al temblor de mis muslos
y puedo palpar la anatomía de tu sombra,
y entonces gozo, sudo y goteo lágrimas blancas.
Al final, te das como toro salvaje
que se extingue en la pequeña muerte.

14 febrero, 2008


Adagio


I
Notas que vuelan como palomas trasparentes,
melodía que abre la tarde en sesenta gajos,
dos cuerdas sobre el mundo
y un boceto de aire.
Incertidumbre del tiempo
que nos toca vivir en el adagio.
Sol de alas y plumajes amarillos,
flor de luz, copla marina,
piano nevado y azabache,
viento que a los árboles despeina cuando llueve.

II
Ay adagio, cómo zumban
tus notas a dardos encendidos
abotonando y desabotonando esta tristeza
que se revuelca en el insomnio.
Una cuerda silbando una pregunta,
savia de abismos junto a mi lecho.

III
Marchas después del alba
y el violín toca el recuerdo
de tus manos en mi templo.
Azorado corazón que se estremece.
Nota final y una sentencia:
una puerta que se cierra a la sospecha.

12 febrero, 2008

Especular


Verbo, ángel de Dios,
velo de olvido,
llanto del Hombre, flor de luz,
eres poesía que embriaga el camino.
Danzas con la muerte en su antigua oscuridad.
Frente a nuestras miradas enfermas de rabia
y ciegas tu nombre en el caos y en la guerra.
Eres el polvo que aligera el cansancio,
la confesión forzada contenida en el pan y el vino.
Eres un resplandor,
una guitarra, un desvelo;
eres el cáliz de la sangre
que todo lo abate con la palabra divina
y bautizas el cielo, la lluvia, el canto.
Descubro tu rostro y me devuelves
la sed, el aceite, el trigo en mis ojos cafés.
Oh liberación profana,
Cristo regenerado,
encarnas tu signo en esta pluma,
caudal que no cesa, no hace mucho tiempo.

11 febrero, 2008

Ciudades (diario de una atrocidad)

"A ti Oaxaca;
por tus duelos y porque me dueles.”



I

Hay ciudades como ángeles caídos en derrota,
de muros y pájaros de arena,
con paisajes urbanos que callan al vuelo que perdura,
de ojos sangrantes y sombras de cenizas.
Ciudades con voces que se confrontan y gritan melancólicas,
con hombres de carne morena que se buscan en los muros del silencio.
Sí, son ciudades de palacios como ofrendas al olvido
y cuando el horizonte se diluye en el asfalto
sus niños lloran de hambre en las trincheras.
Son ciudades de fuego y de guerra
que la noche acecha, vigilante, como un ojo en exterminio.

II

Oaxaca de palomas negras y barro luminoso
la esfinge se levanta sobre tus voces masacradas
en la triste noche de artificios.
Muro de aire que enarbola tempestades,
tu ciudad duerme cercada por el fuego
mientras Dios suspira desde su lecho
y te mira con espinas.
Ojos de alebrije destinados al olvido,
oímos rugir el jaguar de nuestros ancestros
y dueles porque eres la ciudad de las nieblas
y todo es silencio en tu sonrisa.
Tehuana, eres de luz y de claridad serena
cuando vistes una bandera de piel en llamas.


III

Pájaros de fuego sobrevuelan tus canteras,
pimienta para los hombres que denuncian
y lapidan tu cuerpo a contraolvido.
Sabes del caos que vive tu territorio,
sabes de la miseria, de los cantos de medianoche
y de la dulce esperanza por salvar a la bestia.
Las mujeres visten el cielo con sus textiles
y bordan estrellas mientras otros mueren.
Canto a tus duelos,
a tus dioses que duermen en Mitla
y a tus bosques que abrigan mi llanto.


A tres tiempos: octubre 29 y 30; noviembre 2, 2006.



.......


STÄDTE
(Chronik einer Untat)



“Für dich, Oaxaca;
für deine Trauer und weil du mich traurig stimmst.”


I
Städte gibt es wie Engel, gefallen im Untergang,
mit Mauern und Vögeln aus Sand,
mit steinernen Landschaften, die den Flug verstummen lassen,
blutenden Augen und aschenfarbenen Schatten.
Städte von Stimmen im Streit und wehmütigen Schreien,
mit Menschen dunkler Haut, die sich in den Mauern der Stille suchen.
Ja, Städte sind es mit Palästen wie Opfergaben an das Vergessen
und wenn sich der Horizont im Asphalt auflöst
weinen ihre Kinder vor Hunger auf den Barrikaden.
Städte von Feuer und Krieg
belauert von der wachsamen Nacht wie ein verlöschendes Auge.


II
Oaxaca schwarzer Tauben und leuchtenden Lehms,
die Sphinx erhebt sich über deine ermordeten Stimmen
in der traurigen Nacht der Intrigen.
Mauer aus Luft, die Stürme hisst,
deine Stadt schläft belagert vom Feuer
während Gott auf seinem Lager seufzt
dich ansieht mit Dornenblick.
Augen eines Fabeltiers, dem Vergessen geweiht,
du schmerzt, denn du bist die Stadt der Nebel
und alles ist Stille in deinem Lächeln.
Frau aus Tehuantepec, Licht und heitere Klarheit
du trägst du ein Banner aus flammender,
gekräuselter Haut.


III
Feuervögel überfliegen deine Steinbrüche,
senfgelb für die Menschen, die deinen Körper
anklagen und steinigen, dem Vergessen entgegen.
Du kennst die Wirren, die dein Land durchleidet,
kennst das Elend, die mitternächtlichen Lieder
und die süße Hoffnung das Tier zu retten.
Die Frauen kleiden den Himmel mit ihren Stoffen
und sticken Sterne während andere sterben.
Ich besinge deine Trauer,
deine Götter die in Mitla schlafen
und deine Wälder, die mein Weinen verhüllen.

Geschrieben am: 29. und 30. Oktober und am 2. November 2006.

Traducido al alemán por Wolfgang Ratz.
El péndulo


Aprende a morir y vivirás, porque nadie vivirá
gozosamente si no ha aprendido a morir.
(Anónimo)




María fue una psicoanalista prestigiosa, el mejor refugio para las pacientes que llegábamos a su auxilio. Siempre ceremoniosa, un auténtico muro de lamentaciones. En su consultorio sólo un sofá, unas mesas laterales, la luz tenue, un diván medio desvencijado, una alfombra persa de colores cálidos, dos pinturas surrealistas que invitaban al sueño y un reloj que contaba sesenta minutos, espacio entre la realidad, el sueño, la muerte.

Con el tic, tac, tic, tac, transcurrían las angustias, las confesiones, los dolores del alma, los desamores. María siempre atenta al tic, tac; la hora presagiando el tiempo, el tiempo como una sutil franja entre la locura y la realidad. Sesenta minutos al cobijo de sus silencios, la hora-sueño, el tic, tac. Después, la despedida y el traspaso de la puerta para tornarse en hombre de arena en la ciudad-miedo.

******

Segunda sesión. Padezco insomnio, estados depresivos, fatiga crónica. El péndulo del reloj balanceándose frente a mis ojos y un cristal que imita un diamante. La luz del cristal refleja diversos brillos.

(Recuéstate, mira el movimiento del péndulo. Respira profundo, hondo. Tu respiración es rítmica: tres veces hacia adentro, ahora exhala…, inhala…, exhala otra vez. Sientes cómo tus manos cosquillean. Respira profundo, hondo. Mira cómo se balancea el péndulo, no lo pierdas de vista. Tienes los pulmones vacíos, llénalos de aire, hincha el estómago, una vez más. Guarda ese aire algunos segundos; expira lento hasta sentir los pulmones vacíos y aguanta unos segundos. No te preocupes por nada. Déjate llevar... relájate. Estás en medio del bosque, no piensas en nada, es un lugar hermoso. Tu mente está en blanco, estás relajado. Sientes un hormigueo en algunas zonas del cuerpo que se extiende al resto. Estás relajado. Ahora vamos a subir, subir, subir... Cuando yo cuente hasta “tres” estarás en el vientre de tu madre. Vagabas sin rumbo por la vida… Uno, dos, tres… Duerme profundo.)

Me cuesta un poco relajarme porque estoy muy nervioso pero no sé bien en que momento llego a un lugar totalmente desconocido. Ahora el estado profundo de relajamiento, la música suave, la zona oscura de la niñez, la inconciencia total. Tic, tac, tic, tac… y una voz femenina.

(Duerme… Uno, dos, tres… Duerme...)

Tic, tac, tic, tac… Zzzzzzzzzzzzzz, Zzzzzzzzzzzzzz.

******

Me veo ahí, acostado, con los ojos cerrados, en el vientre materno. Observo desde la perspectiva el agua que me mantiene en mi dormitorio. Y salgo del vientre, y empiezo a subir y a subir, veo por arriba las nubes, salgo de la atmósfera. Veo a mi madre mirando su vientre. Soy una cucaracha arrastrándome en el líquido amniótico.

(Estás en el vientre de tu madre… Uno, dos, tres… Ya estuviste ahí...)

Tic, tac, tic, tac… Zzzzzzzzzzzzzz, Zzzzzzzzzzzzzz.

Encojo mi cuerpo. Sudo. Chupo el dedo pulgar del pie izquierdo. Levitación de los brazos. Distorsión del tiempo, disociación y alucinación. Soy un feto en el útero materno.

(Uno, dos, tres…). Tic, tac, tic, tac…

Llanto. Despojo de ropas. Puedo ver mis manos delgadas y pequeñas. Siento muchísima hambre y sed. Miro alrededor y hay personas tendidas frente a las casas de piedra, vestidas con túnicas blancas, en medio de una fiesta: mi bautizo. A la hora del agua bendita resbalo como pez de los brazos de mi madre.

No siento fuerzas, observo un río y me asomo para beber; veo mi rostro extremadamente delgado, vestido con harapos. Miro los pies y son casi cadavéricos. Quiero gritar pidiendo comida, que me ayuden, pero la voz es tan débil que no me escuchan.

Dos voces paralelas. Una voz, la mía, dice: ― Uno, dos, tres… Duerme. Uno, dos, tres… Duerme. Uno, dos, tres… Duerme. Como fondo de música, María repite: Uno, dos, tres… Duerme. Uno, dos, tres… Duerme. Uno, dos, tres… Duerme. Y despierto con el péndulo en mis manos, oscilándolo de un lado a otro frente al rostro de María. Ella, arrinconada, en trance...

Grito y no regresa…

Tic, tac, tic, tac… Tic, tac, tic, tac… Tic, tac, tic, tac…

Tierra de nadie


Te levantas como torre de marfil ante mis ojos:
inerte y sombrío llegas en la noche.
Rompes el silencio en la exacta soledad
al tocar los nudos de mis miedos.

Con horcajadas de caricias
duermes los minutos en mi pubis.
Te hundes en el fango de la ausencia
de esta tierra de nadie.

- Llueves en los espejos del olvido-.


Los amantes
Dos cuerpos se desdibujan en el aire,
los amantes se descubren,
la luna palpita, fulgurante y redonda.

Se habitan y se abre una pausa,
el mundo queda suspendido.
Agua y piel, amarras de misterio,
entre sábanas: sus nombres. ¿Dónde la luz?

El silencio, una huella,
musita una mariposa,
solloza un niño en las tinieblas.

Vibra el cielo, las aves cantan.
Como rompecabezas,
vertidos en la lluvia,
un estigma.
El conjuro de la noche


I
La noche está de mi lado: es la noche de la magia. La luna nueva está en el centro del cenit asediada por un ejército de estrellas, sopla el viento del oriente, sube el canto del cenzontle. Huele a musgo, incienso, sal y yerba. Huele a ti.

II
La noche está de mi lado, y no me falta nada. Olfateo al lobo con sus ojos tibios, al acecho de mi alma corrompida. Llueve en el desierto jade, ámbar y un corazón en la garganta. Es la hora del ensueño, es la hora del olvido.

III
La noche está de mi lado: luz y sombra la acompañan. Cardo o ceniza bajo la luna clara, a la sombra del árbol. Destierro el vestido blanco de este cuerpo dividido, desabrocho mi piel y unto rosas, sándalo y miel. Es la noche del presagio, es la hora del conjuro.

Arribo a tu voz sin viento,
surco en tus ojos fuera de todo titubeo,
oscilo en tu mirada sin huellas de vacío,
palomas tus pupilas,
luna menguante,
néctar tu boca,
fuego nuevo,
sol creciente...
detengo este instante para que nadie nos vea.
Me pierdo en ti.

Bajo tu piel germinan las caricias alcalinas,
advierto en tu océano la quietud del silencio,
me apodero de tu cuerpo -lluvia clara, rancia y muda-,
soy tus manos, soy tu luz, soy tu ausencia,
deshojo tus ramas que anuncian sueños compartidos.
Amanece, que no quede duda:
desperté en ti...
Las palabras

Las palabras se estremecen
como pájaros temerosos
en la cuna de las hojas,
se reúnen en el torrente del río,
se elevan en la cepa de la noche
al canto del naufragio.

Luto de sombras, aladas, sublimes
amorosas en la hoguera,
raudas en la lluvia,
fugaces como la cosecha,
preludio de notas de la melancolía.

Las palabras son ojos incandescentes,
vigías de la orbe de cristal,
aves de plomo en el abismo,
ciudades desdobladas,
perennes, impuras.

Niña azul que desata nudos y letras del cielo,
de versos y graznidos en el piélago,
amante clandestina,
rubor sigiloso, voz en guerra.

Súbito insomnio,
silente,
dagas que la noche arranca.
Otro secreto de la noche

Tus manos tibias acarician
mis labios húmedos.
Tiemblan al desprender el himen
de esta piel que tanto esperas.
Suave pétalo del rocío
que da la calma.
Con un beso me abres el infinito
en el nudo de los vientos.
Dos estrellas de cinco puntas
alrededor de mi ombligo.
Clave de hojas en sombra sobre tu deseo.
Luz sin sol, sí, en la línea de tu espalda.
Tierra de nadie
Te levantas como torre de marfil ante mis ojos:
inerte y sombrío llegas en la noche.
Rompes el silencio en la exacta soledad
al tocar los nudos de mis miedos.

Con horcajadas de caricias
duermes los minutos en mi pubis.
Te hundes en el fango de la ausencia
de la tierra de nadie.

- Llueves en los espejos del olvido-.

Paula

Hija, por tus ojos-pájaros que descendieron a mi tierra.”


Ocupas mi vientre. Eres anhelo y deseo. Naces de mi sombra, naces de mí. Apenas floreces y miro tus manos y pies, y cuento tus dedos para saberte completa y saberme en completud. Llenamos los días de apego y desvelo. Nos descubrimos en la noche de murmullos. Soy madre de ti. Tu sollozo se prolonga. Lloras tanto que naufrago en el mar que brota de tus ojos.

*******

Tu cuerpo lo cubren de espinas. Estación-hospital. Me derrumbo. Suspiras. Sondas en tu cuerpo. Clausuras tus ojos-pájaros. Duermes. Partes a la sala de cirugía. Angustia. Desconsuelo. Una navaja en tu cuello y dos incisiones. Claroscuro. Sangre. La Nada.

Late mi corazón tan rápido que no pisa caminos. Soy mar adentro, llanto de tu sed. Mis rezos te acompañan. Espero por ti. Escribo en tu página el diario de mi vida. Letras amargas. Pasajes-espejo con despojos mutilados.

*******

Renaces. Eres paloma brava que tornas a la savia y desciendes a mi tierra con el fruto de la luz. Vuelas toda.
Fuera de control (minicuento)

Esa noche todo estaba fuera de control. El león salió de mis sueños, se sentó a la mesa y sin más me devoró.
Después de la lluvia entonces el silencio


"La peor batalla del hombre es consigo mismo."

Después de la lluvia entonces el silencio,
obertura de mar y de tinieblas.

Tras el preludio de la despedida,
una canción de cuna
cubre los ojos condenados a la tregua.

El hombre retorna a su rostro,
luna de añoranza,
con el reposo de las golondrinas
mientras el cántaro se agota en el fulgor del río.

Vuelan los días como gaviotas encrespadas
y la noche se levanta con el último mensaje
para enfrentarnos al vertiginoso galope de la vida.

Después del silencio sólo las palabras iluminan las candelas.

Libro de notas



“Y entre notas escribo y me descubro”.





Soy un libro inaugural, hoja blanca, ritual de la palabra. Bastan unos cuantos trazos para recrear toda una vida.

Soy lento cansancio, grito contenido, instante de tiempo dibujado en línea recta, esa sutil línea que marca una honda diferencia. Soy mano de Dios que señala dónde debo estar.

Soy gota de tinta, reescritura de mi carne, corrección de mi propio texto. Escribo, me escribo. Fugaz paso de esa mujer a mi lado, de perfume impregnado de recuerdos del futuro; mujer de cuerpo absuelto, cabello corto, ojos rasgados, piernas torneadas y senos pequeños.

Rayuela

El viento me arrastró a la orilla del mundo
y la noche cayó en mi rostro:
olor de polvo sobre la tempestad,
soledad de hoja seca.
Dejé de jugar a la rayuela
y posé las alas en los campos vacíos.
Renace una sombra desolada.
Al amanecer vendrá un poema
como pétalo de rosa tendido al sol.
Suspiro









Mujer-agua, suspiro de noche,
viento que galopa como caballo exaltado,
mujer que late como remolino
y nadie la escucha.
Hablas para ti,
y dilatas tu cuerpo todas las mañanas
como cíclope cansado de vagar en la penumbra.
Te tiendes al Sol con la nostalgia de junio,
del camino por las calles largas, del fruto en la mesa,
del calor en tus manos.
Nada se ha dicho y estás aquí -tan pequeña-
con rostro de madera y alas de pino,
y miras con tus ojos fatigados por la vigilia,
inventas signos y exhalas en mi pecho.
Mujer, te reconozco tras el espejo-agua
porque te traigo dentro,
como lluvia de mi sed.
Tocaste puerto

Te gocé entre mis muslos
y fuiste como ave rapaz a lo largo de mi piel,
tocaste puerto en el contorno de mi sombra
y quedé absuelta en tus manos.
Echaste fuego a los leños en una tarde de abril,
cuando los duraznos florecían en los jardines,
y yo estaba ahí, tendida entre almidones blancos,
catando vino y cerezas en la cavidad de tu luz.
Desabotoné mi cuerpo para ti,
cobijé al mundo para nosotros
y apague mis ansías en el rojo profundo
de tus ojos tristes.
Anuncio y profesía

Tus manos tejen el latido de la noche,
el hilo de tu piel zurce las hojas de los pájaros.

En el sauce de tu espalda
guardas el huerto de mi nombre,
de tus pupilas migran mariposas
que se posan al margen de mi sexo.

Me tiendo junto al crepúsculo
y en la canícula me escudo entre tus muslos.

Anuncio y profecía:
morimos en el instante del espasmo.

Escribo en ti

La tierra se detiene en tu centro,
te desnudo para vestirte de versos,
escribo en sepia por tus pliegues,
mi boca nombra tus pasos,
en tu cuerpo esculpo mis silencios,
Sigo tus huellas sin prórrogas
y en tu luz se apagan mis sombras.
Después de la siembra

A Julio Cortázar por tocar mi boca
con sus palabras.


Después de tu boca queda la siembra,
el camino a la curvatura de tus labios
son indelebles horas del arado.

Llevas cadenas escarchadas entre dientes
refugio de palabras aceradas
dispuestas para la cosecha del olivo.

Gotas de río la carne de tu boca,
recuadro para el marfil de tu risa
que explota destellos en campiña.

Se hizo el silencio en un suspiro:
dos bocas se confrontan,
sus lenguas son filosas espadas
bañadas en saliva, húmedas,
se arremeten, se enlazan, se entregan,
franquean la victoria sin vencidos.

Después de la guerra repican campanas,
las aves anidan poco a poco.
Reverdece, ha levantar la pizca!
Ha germinado un beso entre las cenizas.

Redes

"A menudo encontramos nuestro destino
por los caminos que tomamos para evitarlo"
Anónimo.


Fue en Tampico, era una noche de verano. El calor y la humedad se aferraban a los cuerpos mientras la luna irradiaba destellos de plata para los amantes. Ahí te conocí, estabas de pie, en el resquicio de la sala, junto al piano, observando el deslizamiento de las manos del ejecutante sobre el teclado color nieve y azabache. Mordías la aceituna del martini seco al tiempo que de aquella delgada copa tomabas un trago como un dios en agonía. En cada sorbo exhibías tus dientes perfectos, tus labios carnosos, tu sed. Tus barbas crecidas ocultaban aquel rostro que no quería verse descubierto. Escuchabas música, agazapado, apartado del bullicio. Mirabas el baile y a las mujeres moviendo caderas y senos al son de la música. Eras como una estatua de arena, ajeno a la alegría de la fiesta, ajeno a ti. Tus ojos tristes color avellana lograron cautivarme.

Yo estaba en la contraesquina, frente a ti, sentada en un alto banquillo, tomando refresco “pintado” para darme un toque de mujer fatal. Juguetonamente balanceaba mis pies al son de los ritmos que se desprendían del piano y de un viejo fonógrafo preguntándome por qué nadie me había invitado a bailar.

Te miré y supe que eras un territorio a ocupar; algo indescifrable sucedió, algo moviste en el interior. Ya te sabía parte de mí cuando ni siquiera nos conocíamos. Cruzamos miradas y al encuentro desvié la mía. El fuego quemó mis mejillas a pesar de mi pueril inocencia. De reojo pude advertir que caminabas hacia mí, en medio del salón, entre parejas, borrachos, gritos e improperios. Esquivabas los obstáculos con copa en mano.

Traicionero corazón que no renunciaba a palpitar aunque hubiera querido silenciarlo. Encogí piernas y crucé brazos porque deseaba continuar bajo mi amparo. Creí que entenderías el lenguaje del cuerpo que no se abre, el del cuerpo que se refugia en su propia tempestad. Fue inútil, ¿lo recuerdas?
―¡Hola! ¿Eres de aquí?, dijiste. El tono grave de tu voz logró traerme de regreso. Faltó el aire ante tu presencia. Tu sonrisa franca despejó mis miedos; miedos de tenerte, miedos de perderme en ti.

―No, soy del DF, estudio en la UNAM -respondí con cierto nerviosismo-. Veníamos del mismo lugar e hicimos una travesía de miles de kilómetros para coincidir aquí, en una ciudad distante, con gente lejana, en una casa ajena. Aún no podía reponerme de la sorpresa cuando en tono ceremonioso dijiste: ―¿Bailamos? Sin palabras de por medio empezamos la danza y el cautiverio. No podía seguir el ritmo pues nunca fui apta para el baile.

El alcohol hizo estragos en ti porque ni siquiera podías sostenerte en posición erecta. De vez en vez recargabas tus brazos en mis hombros para no desfallecer en el intento. Tus manos comenzaron a tejer redes alrededor de mi cintura, anudando pieles, cruzando historias. Murmurabas a mi oído recitando poesías de Sabines y de Bukowski, no faltaron los infiernos de Lowry. El bullicio no me dejaba escuchar esos lamentos que silenciabas por el dolor que simplemente te ocasionaba “vivir la vida”. Descubrí tus dedos regordetes peinando mis cabellos y acariciando mi pómulo, al sentirte incliné el rostro para prolongar tu dulce gesto. Quedaste ahí, entre tantas sombras, entre las páginas de los libros más amados.

Al fondo se escuchó la voz de una mujer morena, de cabellera blonda, que invitaba a su hotel a dilatar y sumergir los cuerpos en la alberca. Era Teresa, mujer voluntariosa y egoísta de quien te habías enamorado y por quien pasabas noches eternas de amarga soledad. Venías en su busca, sin embargo ella exhibía su extrema vanidad con una aventura pasajera sin importarle tu sufrimiento.

Yo fui a buscar a Roberto, quien me había enseñado el significado del amor platónico entre libros, pizarrones y números. Sospeché por mucho tiempo que mi profesor y Teresa mantenían una relación amorosa pero no pude constatarlo porque él no estuvo ahí, nunca llegó.

Eran más de las tres de la mañana cuando subimos al automóvil que nos conduciría al Tampico Hill para acudir a la convocatoria de Teresa. Por un momento perdí de vista a Paty y Lulú, amigas y compañeras de viaje que me cobijaban de los lobos de Caperucita Roja. Ante su ausencia sentí ganas de dar rienda suelta a los deseos de seguirte y de prolongar el dichoso encuentro. Sin más, accedí.

En el Chevrolet de ocho cilindros sólo quedaba un espacio minúsculo para los dos. Subiste primero y de un jalón me sentaste en tus piernas. El pudor me obligó a jugar con la gravedad al sostenerme en el filo de tus rodillas a fin de no rozar tu piel ni sentir la potencia de tu sexo. Durante el trayecto, aprovechaste mi inmovilidad para tender otra vez tus redes con un cálido abrazo. Tus extremidades envolvieron mi cintura y el abrazo me llevó a aligerar mi cuerpo y recostarme encima de ti ya sin prejuicios.

A lo lejos y desde la carretera se podía mirar el hotel de cinco estrellas con grandes palmeras y luminarias que inundaban el paisaje. Al llegar, bajamos del auto entre saltos y empujones. Caminamos por un largo pasillo con habitaciones a los costados. La 13 permanecía abierta para los trasnochados que buscaban continuar con el jubileo. La suite estaba llena, buscaste un lugar cómodo, te sentaste en la alfombra e inmediatamente recargaste tu cabeza en la pared y abriste los muslos para contenerme entre ellos. Al mirarme hiciste una señal que invitaba a ocupar ese territorio que destinaste para mí; de algún modo, y sin propiciarlo, quedamos sustraídos de nuestro alrededor. Aún recuerdo tu pecho rozando mi espalda, el abrazo cercano e íntimo, tus dedos entre mis cabellos, tu respiración en mi oído, el olor de tu piel. ¿Te diste cuenta que al calor de tus brazos me había rendido?

Pasadas las horas seguías bebiendo, estabas absolutamente ebrio. En un impulso repentino giraste mi rostro y me miraste como si me amaras. Todavía permanecía en tu regazo, tratando de remontar el vuelo y cuando estaba a punto de abrir las alas me plantaste un beso que me retuvo bajo tus sombras. Al unir nuestros labios no pude contener las lágrimas porque solo tú sabes que estabas entregando el secreto de tu terrible orfandad. En esa unión de bocas vino a la memoria una canción de Noel Nicola que tarareaba para mi fuero interno y que tú motivaste. (Te perdono el montón de palabras / que has soplado en mi oído / desde que te conozco. (…) // Te perdono los cientos de razones, / los miles de problemas, / en fin, te perdono no amarme. // Lo que no te perdono / es haberme besado con tanta alevosía. // Tengo testigos: un perro, la madrugada, el frío, / y eso sí que no te lo perdono, / pues si te lo perdono seguro que lo olvido.)

Con ese beso sublime hablaste desde el otro lenguaje subterráneo, con el lenguaje que trasciende las pieles y acerca a los seres. Sé que a mi lado y por primera vez escuchaste esa voz que mitiga el dolor como un hermoso sobresalto. Sabías que en esa breve levedad me enamoré de ti, dime ¿cómo podía sustraerme del círculo furtivo que habíamos formado?

Cuando dijiste “Vamos a dormir” me dirigí al umbral de la habitación y apenas percibí que ibas tras de mí. Acaso no te diste cuenta que aún conservaba una castidad largamente acariciada y que me debatía con una mujer cercada por el fuego. En un impasse la escena se abrió a mi vista. Como en las imágenes de una fotografía empecé a reconocer rostros y entre ellos encontré reunidas a Paty y Lulú, a quienes suponía disfrutando de la fiesta en otro sitio. Más adelante hubo un momento oscuro, perdido en mi memoria que no puedo recordar. Después me veo abandonando el recinto, cruzando ese largo y eterno pasillo de habitaciones a los costados, acompañada de mis mejores amigas y tú quedaste en el quicio de la puerta tejiendo redes, observando cómo huía de mi destino. Siempre creí que habías quedado en el pasado y que nunca más regresarías.

24 abril, 2006

Tras el frío cristal

Desde hace más un año Agustín y Mónica se reúnen todos los viernes a las nueve de la noche. El encuentro ocurre en el mismo lugar en donde objetos y cosas permanecen estáticas como para no descomponer el tiempo. El humo del cigarro, las luces tenues, la pasión, son ingredientes que hacen de la atmósfera algo peculiar semejando a un gran burdel.

Al encontrarse en sus soledades, se miran con sus ojos de cristal y se suceden en palabras.

Mónica luce su boca carmesí, un escote profundo, el vestido ceñido a su cuerpo que deja poco a la imaginación y unas sandalias que forman parte de sus fetiches. Su actitud de femme fatal, hipnotiza a Agustín quien la encuentra más altiva e impúdica que de costumbre.

Ese día, sin preámbulo, Agustín toma los muslos de Mónica y juguetonamente introduce los dedos entre sus bragas. Después de un gemido y al saberse húmeda, Mónica se desprende de sus ropas, le muestra su hendidura y el silencio de sus labios: los otros, los ocultos.

Desde su silla, Agustín la mira con lujuria al vaivén de su pelvis. El espectáculo cobra vida en formas, colores, logotipos y ritmos. Mónica explora su cuerpo, deletrea uno a uno sus deseos mientras abre sus piernas, frota su clítoris, engulle sus dedos, manosea sus nalgas y pechos.
Agustín le recorre la piel con vocablos, le muestra la potencia de su erección e intercambian señales, fluidos, sudores. Consagran el instante y la plenitud sostenida en el vacío.

Es todavía de noche, todo transcurre en silencio mientras se habitan como rictus de sombras, el mundo queda suspendido en el espasmo. Agua y piel, amarras de misterio, entre sábanas sus nombres.

Después se acarician y al sentir la frialdad de sus pieles tras el frío cristal Mónica rompe en llanto y al apagar su PC precipita su caída al abismo.

06 julio, 2005

Presentación 6 de julio de 2007